CAPÍTULO 2: HOY PUEDE SER UN GRAN DÍA (LA ESPIRAL DE AROS)

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Al día siguiente, como todos los martes de cada semana, me levanté y me preparé el desayuno. Dos tostadas con mantequilla y mermelada de albaricoque.

Al salir al descansillo para ir al trabajo, me percaté de una cosa que brillaba en el suelo. Al agacharme, observé que era un sobre de purpurina. Lo abrí y dentro llevaba un mensaje con una caligrafía muy cuidada y precisa. Ponía “Abre bien los ojos, hoy puede ser un gran día”.

-       Pero ¿Qué sandez? ¿A qué viene esto ahora? ¡Ya es lo que me faltaba!

Era muy propio de mí quejarme por todo. Quizás estaba provocado por el malestar y la insatisfacción interna que tenía por el poco placer que sentía en día tras día. ¡En fin! ¡En el mundo tiene que haber de todo!

Este mensaje me dejó malhumorada las horas posteriores. Bajé las escaleras a toda prisa y me fui directa a la oficina. Llegué como siempre 5 minutos tarde. El tiempo parecía que pasaba más deprisa cada vez que tenía que llegar a algún sitio. Había intentado de todo para solucionar mis problemas de impuntualidad, pero no había manera. Incluso había adelantado mi reloj para engañarme a mi misma y así llegar a tiempo, pero ni por esas. Es difícil engañarse a uno mismo, aunque hay personas que se pasan toda su vida engañándose y no se dan cuenta. Es algo que nunca llegaré a comprender. Prefieren ponerse límites y no cambiar por miedo a lo que pueda pasar y no quieren luchar por mejorar su situación. Tal como lo iba pensando, me iban penetrando esas palabras que en varias ocasiones me había repetido a mí misma en mi interior, pero esta vez me estaba dando cuenta de que quizás yo también me estaba engañando a mí misma. ¿Realmente estaba en el lugar que quería estar?, ¿tenía algún fin o propósito seguir en este mar de olas a la deriva sin un rumbo fijo? Bueno, las reflexiones mejor dejarlas para otro momento, ahora hay que ponerse manos a la obra. Hoy parece que el día está cargado de trabajo.

Había una gran pila de papeles encima de mi mesa que el día anterior no estaba. No me daba tiempo de tener la mesa despejada cuando otra vez se me amontonaban los papeles. Y eso que yo no soy de las que pierden el tiempo y se distraen con facilidad. Cuando me pongo con una tarea, me suelo concentrar en ella y hasta que no la termino no paro. Además, como no fumo no suelo perder el tiempo tomando descansitos para bajar a la calle y charlar con las compañeras. Para mí el tiempo es oro y no me gusta perderlo en tonterías.

Se abre la puerta y aparece nuestra querida redactora jefa, muy bien conjuntada. Es una fanática del estilismo y la moda, le encanta ir siempre a la última. Pasa dejando un perfume embriagador que nos deja ambientada toda la sala durante toda la mañana. Sorprendentemente, hoy viene más sonriente de lo normal. ¿Qué le habrá pasado?, sospeché yo.

Se acerca a mi mesa y me propone que a las 12.30 me acerque a su despacho para hablar sobre unos temas. Era la segunda vez en mis ocho años trabajando en la oficina, que Mar me pedía que fuera a su despacho. De la vez anterior no tenía muy buen recuerdo. Por eso, empecé a notar que mi corazón se aceleraba y a pensar que algo malo iba a pasar.

Siempre me antecedo a lo que pueda pasar, no lo puedo evitar. Al final no suele ser para tanto, pero como dice mi amiga Marieta: “ya estoy poniendo el parche antes de la herida”. Pues eso es lo que me pasa.

Eran las 8.00 de la mañana y todavía quedaban cuatro largas horas para la reunión con Mar. Intenté distraerme con los artículos que tenía que preparar, pero cada dos por tres me venían a la cabeza los pensamientos que más me estresaban: ¿para qué querrá verme? Ahora llegan las vacaciones, ¿será porque quiere despedirme? ¡No entiendo nada! Las ideas se iban amontonando en mi cabeza y cada vez iban subiendo en grado de intensidad y negatividad. Entro con facilidad en un bucle, donde la única salida es pensar en la tarea que estoy realizando en ese preciso momento, pero cuando encima la tarea no me motiva lo suficiente, el trabajo de detección de mis ideas paranoicas se hace más complicado.

Por fin, llegó la hora. Cuando me disponía a levantarme escuché el sonido inconfundible de los tacones de Mar y percibí que mis manos empezaron a sudar y temblar ligeramente. Me fui directa al despacho y descubrí que no estaba sola. Había un hombre de apariencia juvenil, natural y sencilla. Eso hizo que me relajara al instante. Tenía una mirada sincera y clara. Bueno, eso me pareció a primera vista. Dicen que la primera impresión es la que cuenta. Yo necesito tiempo para coger confianza y mostrarme tal y como soy en realidad.

Conforme me iba acercando a él me iba sintiendo cada vez más pequeñita. Tenía una altura que llamaba la atención. Y eso que yo mido 1,70 metros, que tampoco soy bajita. Yo creo que la situación también me venía grande y eso me hizo sentirme como pez fuera del agua.

Poco a poco fuimos entrando en dinámica y Mar nos indicó que nos sentáramos los dos cerca de su mesa. Nos presentó y comenzó a explicarnos el plan que tenía pensado para nosotros.

Andrés, que es como se llamaba el chico tan apuesto que acababa de conocer, resultó ser fotógrafo submarino. Yo de primeras aluciné, por la complejidad de su trabajo y por la poca idea que tenía de las funciones que realmente desempeñaba. ¿Qué hacía yo allí en ese momento y en ese lugar?, reflexioné. Mar parecía tenerlo todo calculado y organizado, aunque yo seguía sin comprender qué diablos hacía allí. Yo, periodista de lo cotidiano y del día a día, con ese chico tan diferente a mí y encima relacionado con el agua. ¡Con el miedo que a mí me da el mar!

Mar con la efusividad que le caracteriza, que brilla por su ausencia, nos fue detallando las partes y requerimientos del plan que le habían encomendado para nosotros. Querían que viajáramos juntos a un pueblecito perdido de la mano de Dios en el Caribe. De primeras, la idea me pareció interesante porque todavía no había tenido la oportunidad de viajar al Caribe y dicen que las playas son espectaculares, así que, habría que explorarlas. Aunque me temo que con la tarea que nos estaban delegando, no sé yo si íbamos a tener mucho tiempo para el tiempo libre y el disfrute.

Por otro lado, acababa de conocer a este chico y tenía que pasar 15 días con él sola, en un lugar que está a 6703 kilómetros de mi casa. En parte, no me importaba que me emparejaran con ese chico moreno tan apuesto porque desde hacía un año y medio no había intimado con un chico y esa opción tampoco me desagradaba. Sin embargo, considero que es mejor no mezclar los asuntos de trabajo con los líos amorosos, ya que las cosas pueden no acabar bien. Aunque, en este caso, quién sabe si después de este trabajo en común volveríamos a vernos o a trabajar juntos. Él era de Burgos y había venido a Madrid expresamente para realizar este trabajo. Posteriormente, hablando con él, fui descubriendo que era un chico de culo inquieto. No solía permanecer largas temporadas en un sitio. Quizás por su tipo de trabajo se había acostumbrado a viajar y permanecer breves estancias de tiempo en cada lugar, descubriendo sus costumbres, sus culturas y sus gentes.

 CONTINUARÁ…La próxima semana 3º capítulo.

Si quieres leer el primer capítulo:

http://www.metropolsalud.com/capitulo-1-la-carta-espiral-de-aros/

Elena Antón

Psicóloga

nº col. AN09547

 

 

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