CAPÍTULO 3: REPÚBLICA DOMINICANA (LA ESPIRAL DE AROS)

propósito

Durante el viaje en avión a Punta Cana tuvimos tiempo de sobra para conocernos un poco más. Él me reconoció que cuando viajas y vives en diferentes lugares, pierdes ese sentimiento de permanencia tan arraigado que tiene aquellas personas que no se han movido de su cuidad de origen. ¡Algunos no han salido ni de su barrio!

Él me contaba como una vez que echas el pie fuera y sales de tu entorno inevitablemente comienzas a tener una visión diferente de todo lo que estaba en tu núcleo y ahora desde la periferia lo ves de otra manera. La ventaja de estar en esa línea fronteriza entre lo vivido y lo que queda por vivir fuera de tu entorno cercano, hace que las ganas de aprender y volar hacia lo desconocido permitan descubrirte a ti mismo. Es como un bebé que nace en un mundo desconocido para él y le toca descubrir y explorar este mundo pero esta vez sin la protección y la ayuda directa de los padres y el entorno cercano.

Yo le escuchaba atentamente y con cierta envidia, porque siempre había querido salir de casa y vivir esa experiencia, pero siempre había algún contratiempo que me lo impedía.

Andrés tenía un brillo diferente en los ojos que no había visto antes en otros chicos. Se notaba que las cosas las vivía con intensidad y pasión. Me gusta estar con gente que transmite tanta energía positiva cuando habla y explica sus vivencias. Todos tenemos un halo de energía que desprendemos y que inconscientemente las personas que nos rodean lo perciben. Por eso, creo que en función de la energía que como seres vivos desprendemos influimos en cómo los demás nos perciben y nos tratan. Desde luego, Andrés tenía esa energía que a mí me hacía sentir que era un imán. Disfrutaba cada ratito de charla con él.

Ya en el aeropuerto de destino, vinieron a recogernos en una furgoneta de la agencia con la que Mar había contratado todos los servicios que íbamos a necesitar en la isla durante los 15 días de estancia allí. La furgoneta era negra y parecía recién sacada del concesionario. Eso me gustó, porque montarme en coches ajenos nunca me ha gustado y menos si yo no conduzco.

El chófer fue muy simpático, nos recibió muy cariñosamente, se pensaba que éramos una parejita de recién casados que íbamos a pasar nuestra luna de miel en un resort de lujo de 5 estrellas. Tampoco iba muy desencaminado porque el resort de 5 estrellas lo teníamos, solo quedaba esperar a ver que se fraguaba de esta relación que a priori me estaba pareciendo toda una aventura y una seducción constante. No sé si Andrés pensaría lo mismo. Demostraba una serenidad y una calma que parecía indiferencia hacia mí. Se notaba que estaba centrado en la tarea que teníamos asignada allí y punto.

Una vez en el hotel, el recepcionista nos recibió con una copa de champán para cada uno y unos bombones. ¡Ni una cosa ni la otra! ni bebo ni me gusta el chocolate. Andrés se lo tomó con gusto y brindó por los días tan inquietantes y fascinantes que nos deparaban allí en la isla.

Subimos a la habitación y al llegar, la sorpresa fue que la cama era de matrimonio. Me cambió la cara al instante, Andrés se dio cuenta enseguida y me pidió que me quedara con sus cosas porque él iba a bajar a solucionar el malentendido ¡Qué chico tan atento! pensé yo. Aunque en parte deseaba que no hubiera otra habitación libre con las camas separadas. Pero sí la hubo.

Siempre me han tachado de ir muy rápido en las relaciones sentimentales. Es verdad, me dejo llevar por los sentimientos y la excitación del momento. ¡Eso me gusta!, sentir la atracción inicial, los juegos de miradas, sentirme deseada. ¡Me dejo llevar! Esa sensación de estar enamorada, ¡es tan bonita! Lo acabo de conocer, pero algo tiene y  siento que algo extraordinario está por llegar. Hace tiempo que no sentía nada parecido por nadie, es difícil explicar con palabras lo que se siente en esos momentos y por qué con unos chicos te pasa y con otros no. En ocasiones, me hubiera gustado que me hubiera pasado con algunos chicos que a priori me parecían interesantes, pero la magia no llegó. También, el hecho de estar en un lugar exótico y desconocido puede haber influido en la atracción que estoy experimentando por Andrés, pero me quiero dejar llevar.

Después de una ducha con agua templada, me sentí relajada y me tumbé en la cama individual de aquella pequeña habitación. Apenas entraba luz, es lo que el pobre de Andrés había conseguido para poder estar en habitaciones separadas. Era temporada alta y el hotel estaba completo.

Saqué de la maleta la documentación que nos había dado Mar y me dispuse a leerla con calma. Dentro de la carpeta, había varios papeles, mapas con las indicaciones de los lugares que teníamos que recorrer, artículos de varios periódicos y revistas sobre el tema que teníamos que investigar, fotografías de los lugares exactos donde teníamos que ir y documentación histórica clave para el desarrollo de nuestro reportaje-documental.

Uno de los papeles, ponía que la República Dominicana es un país del continente americano, ubicado en el archipiélago de Las Antillas, concretamente está situada en Las Antillas Mayores junto a Cuba, Haití, Jamaica y Puerto Rico. Comparte isla con Haití. La población es principalmente mulata en un 65%, negra en un 30% y blanca en un 3%. El idioma oficial es el español. En cuanto al tema del idioma no íbamos a tener ningún problema. De todas maneras, Andrés me dijo que él dominaba tres idiomas: inglés, francés y alemán. Aparte de español, claro. Es lo bueno que tiene conocer mundo, que te obligas a practicar sus idiomas.

La República Dominicana se divide en 32 provincias, un distrito y 185 municipios. ¡Pues sí que teníamos sitios para visitar y sacar información!

Inevitablemente, me quedé dormida mientras leía la cantidad de papeles que rodeaban mis manos. Llevaba desde las 6:00 de la mañana en planta y entre los nervios del viaje y la excitación que me generaba lo desconocido, ¡estaba agotada!

Sonó el teléfono, de un brinco me levanté de la cama y al principio, confusa y desorientada, descubrí que no estaba en mi dormitorio. Entonces, me percaté de dónde estaba y después de haber sonado 3 veces más el teléfono, lo cogí y respondí. Era Andrés, quería que nos viéramos en media hora abajo en el hall, porque quería enseñarme una cosa. ¡Qué prisas le había entrado de repente!

Me preparé y bajé enseguida, él ya estaba allí esperándome sentado en uno de los sofás acolchados y en muy buen estado que había en la sala.

Parecía que era muy puntual, yo estaba trabajando en ello, era uno de mis propósitos de año nuevo. Estábamos ya a mitad de año y todavía no lo había conseguido.

Andrés quería que le acompañara a dar una vuelta en coche por la zona. Él quería familiarizarse con el entorno y aprovechar cada minuto que estuviéramos allí. Ninguno de los dos habíamos visitado anteriormente la isla, con lo cual éramos como dos niños con zapatos nuevos. Él cogió el coche de alquiler y nos adentramos por los caminos.

Llegamos a una zona donde había un mirador y justo debajo una calita. Decidimos parar y bajar a verla de cerca. No había nadie. Eran las 20.00 de la tarde, estaba empezando a ponerse el sol, el paisaje era de fotografía, nunca mejor dicho. Andrés que siempre iba a cuestas con su cámara, comenzó a hacer fotografías.

El contraste de colores era espectacular, los mates y brillos hacían una combinación que parecía retocada con photoshop. Era un escenario idílico, sólo faltaban las velitas para aromatizar este ambiente tan romántico.

Cuando llegamos a la cala, vimos una cueva. Andrés sacó de su mochila un frontal y se lo puso en la cabeza con la intención clara de entrar. Este chico no dejaba de sorprenderme, tenía de todo en su mochila.

Yo le dije que le esperaba fuera, él me insistió:

-        Enma, ¿alguna vez has entrado en una cueva?

Yo me hice la pensativa. Y le dije que sí. Realmente, no había entrado en ninguna cueva. ¡Otro de mis múltiples miedos! La oscuridad y los sitios cerrados no me gustaban. No quería confesarle tantas intimidades porque hacía prácticamente dos días que nos habíamos conocido y evité que me tachara de multifóbica.

Andrés lo intentó, pero viendo lo testaruda que puedo llegar a ser, se dio por vencido y se adentró en la cueva. Tras media hora de espera, me empecé a preocupar y comencé a despotricar de Andrés. ¿Qué poca consideración?, dejarme aquí sola, ¿no se da cuenta que se está haciendo de noche? Y que estoy aquí sola. ¡No me gusta estar sola!, es algo que nunca he llevado bien.

Todas las etiquetas positivas que le había puesto en un primer momento a Andrés se fueron desvaneciendo y pasando a tomar tonos grisáceos y oscuros.

-       ¡Es un egoísta!, todos los chicos son iguales, solo piensan en ellos…

Me di cuenta que quizás estaba exagerando un poco y entonces apareció en ese momento Andrés. Traía tal cara de satisfacción, que toda esa furia que se estaba generando en mí, se esfumó de golpe.

-       Ven Enma, ven… ¡Tiene que ver esto!, ¡mira lo que he encontrado!

Era una piedra con una inscripción en forma de espiral, grabada con oro. Al ver la imagen, me recordaba a algo que había visto recientemente, pero no me acordaba de qué era.

Andrés me contó que era la Espiral de Aros. Durante la época de los Taínos, finales del siglo XV, eran símbolo de poder divino.

Cuenta la leyenda que las Ciguapa repartieron estas piedras, con grabaciones en oro con proporciones exactamente iguales, por los rincones que iban descubriendo para concentrar la energía de esos lugares que hasta ese momento habían sido inaccesibles para el hombre. Decían que esa energía se transfería a las piedras y las personas que las encontraran y las tocaran conseguirían esa energía.

Como historia me pareció interesante, pero a nivel racional me pareció una estupidez. Ante lo desconocido siempre se usa el pensamiento mágico y divino y eso me genera desconfianza e incredulidad. Me gustan las historias y sobre todo contarlas, pero siempre apoyándome en la veracidad y fiabilidad de mis fuentes ¡soy periodista!

Al ver Andrés la cantidad de preguntas y lo insistente que me puse, la fascinación que desprendían sus ojos pasó a un segundo plano. Le quité la ilusión de un plumazo.

En eso somos diferentes, Andrés parece un chico muy inteligente pero a la vez muy místico y aunque pueda parecer contradictorio, se deja llevar por las historias y las leyendas como si fueran reales. ¡Se deja embaucar por la magia de las historietas que desfiguran toda la realidad! ¡No lo entiendo!

Envolvió la piedra en un pañuelo, que también llevaba en su mochila y la guardó. Decidió ser dueño de la energía que se conjeturaba que podría tener dicha piedra.

De vuelta al hotel, noté que durante el trayecto de vuelta Andrés casi no articuló palabra. ¡Estará cansado! conjeturé.

En la cama de nuevo, pero esta vez para permanecer unas cuantas horas hasta el día siguiente, reconocí una de las fotos que Mar nos había dado.

-       ¡Era la piedra!

Parecía que parte de la misión que teníamos que desarrollar allí tenía que ver con ella. Verdaderamente, pocas instrucciones teníamos. Se supone que habíamos ido a República Dominicana a hacer un reportaje-documental de las profundidades submarinas del Caribe como reclamo turístico. Una agencia española de turismo quería promocionar unos servicios nuevos para los clientes y así conseguir una mayor repercusión publicitaria. De ahí, el reportaje en cuestión. ¡Dar a conocer las maravillas que se adentran en las profundidades del Caribe!

Yo me encargaría de recabar la información de los lugareños y de la parte más terrenal, mientras que Andrés se encargaría del trabajo de campo, se sumergiría en las profundidades con un equipo de buceo y sacaría las fotos que incluiríamos en el reportaje. Aunque nuestras tareas eran independientes podríamos pasar juntos gran parte del tiempo. Solo nos teníamos el uno al otro.

Cuando convives con una persona, en este caso con la que no has tratado antes, en un lugar donde no conoces a nadie, en un breve periodo de tiempo, llevas a conocerla bastante. Eso es lo que nos pasó a Andrés y a mí. Fuimos descubriendo cómo éramos cada uno y respetando nuestras diferencias, ¡qué eran muchas! y que a la vez nos enriquecían.

 Elena Antón

Psicóloga

nº col. AN09547

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