CAPÍTULO 4: AMANDA (LA ESPIRAL DE AROS)

Nuestro segundo día en la isla, nos organizamos para ir los dos por la mañana a conocer los pueblecitos de alrededor y recabar información para el reportaje. Ya por la tarde, Andrés se dedicaría a realizar las primeras fotos con el equipo de buceo que había contratado para esos días.

El primer pueblo que visitamos, realmente era una aldea, había 10 habitantes y los caminos para llegar a ella eran estrechos y sin asfaltar. Se nos hizo muy lento el viaje, pero mereció la pena llegar a esta aldea denominada Manitur. Con la simple observación del lugar, se podía apreciar la organización social que tuvieron las tribus que vivieron hace años en esa aldea. Las casas eran el núcleo familiar y estaban ubicadas alrededor de un círculo. En el centro había una plaza, donde se realizaban las actividades comunales. El tamaño de la aldea era lo que definía la jerarquía de los Caciques. En las aldeas pequeñas los Caciques vivían casi igual que el resto de la comunidad. En cambio, en las aldeas de gran tamaño los Caciques lucían y exponían más su poderío, con coronas y otros lujos.

Los habitantes de la aldea salieron en seguida de sus casas. No era una zona que la gente frecuentara y menos los turistas. Fueron muy acogedores y consiguieron seducirnos con sus historias.

Amanda, una de las mujeres de la aldea, nos invitó a pasar a su casa. Emanaba paz y tranquilidad. Todo lo tenía ubicado de tal manera que a pesar de la cantidad de detalles y objetos curiosos que había repartidos por toda la casa, no daban sensación de agobio. Qué diferencia con algunas casas que había visitado en Madrid de gente adinerada, que con ese afán de posesión y poder que tienen, acaban saturando sus casas de objetos, ¡sin gran valor sentimental! pero que les hace sentirse poseedores de su entorno.

Amanda, parecía una mujer sencilla y con las ideas muy claras. De su manera de contar las cosas, pude extraer que esa mujer no había vivido toda su vida en esa aldea. Los objetos que tenía en su casa lo demostraban. Todos los objetos parecían tener un significado y un valor para ella.

Tras una hora de amena conversación, descubrimos que Amanda había sido historiadora y arqueóloga, pero con 55 años por problemas personales lo tuvo que dejar y volver a Madrid. Con los años había vuelto y quería terminar sus días en aquella idílica aldea retirada del ritmo frenético de Madrid.

Me sorprendió conocer su edad, ¡75 años!, no los aparentaba en absoluto. ¿Qué sería lo que le mantendría tan joven?, el aire puro de esa aldea, o esas ganas de vivir que demostraba tener. A veces la actitud ante la vida es la que guía los años vividos y no tantos las condiciones externas o ambientales que nos rodean y que en muchas ocasiones les hacemos cómplices de nuestro destino.

Conforme nos iba pormenorizando más aclaraciones de la historia de aquella zona, vi que Amanda podría ser de gran ayuda para la misión que teníamos entre manos. Le propuse colaborar con nosotros y ella con gran agrado accedió de inmediato. En cinco minutos estaba lista para embarcar en aquella aventura, se vino con nosotros en el coche y recorrimos algunos pueblos más de la zona. Compartió con nosotros los detalles más curiosos y alucinantes que aquellas tierras tenían en su haber.

Algo de esa mujer me hacía sentir que era como si la conociera de toda la vida, la relacionaba con algo familiar. Hay veces que con ciertas personas, nada más conocerlas sientes una atracción tan fuerte y sincera que parece como si la conocieras de siempre y en cambio con otras estás años intentando conocerlas y nunca llegas a saber cómo son realmente. De todas maneras, esta mujer tenía algo en sus rasgos faciales que me recordaban a alguien y que ahora mismo no sabía a quién podría ser. Llega un momento que cuando ves a tanta gente, los rasgos de las personas te resultan similares y llegas a confundir lo que conoces con lo que te resulta parecido.

Amanda nos contó que en aquellos pueblos durante muchos años había habido mucha represión y privación de los recursos básicos por una mala distribución del poder que ejercieron los colonos europeos sobre los habitantes de la zona. Eso hizo que con el tiempo, esta cultura se caracterizada por ser muy recelosa de su intimidad y la gente aunque de primeras pudiera resultar acogedora les costaba mucho confiar en los forasteros.

Me sorprendió tal argumentación, porque justo nosotros habíamos sentido todo lo contrario al llegar a su aldea, pero conforme nos íbamos adentrando más al interior de la isla se notaba un carácter más cerrado de los habitantes de la zona.

Amanda, como forastera que fue en su día, contaba que en un principio le costó adaptarse a ese carácter tan peculiar y desconocido para ella.

Amanda había nacido en Sevilla y con 18 años se fue a estudiar a Salamanca y con 23 años se fue a Madrid a buscar trabajo. Posteriormente, con 40 años le destinaron a trabajar a las islas del Caribe para estudiar durante cinco años, algo de arqueología que no nos concretó de qué se trataba. Al regresar a España, sintió que parte de ella se había quedado en la isla.

No eres consciente del cambio que has ido experimentando fuera de tu entorno hasta que vuelves a él y ves que todo parece que sigue igual. La velocidad en esos cinco años parecía que había sido diferente en mi entorno y en mí.

Eso hacía que tuviera encontronazos continuos con lo que imaginaba que era mi realidad pasada y que con nostalgia recordaba y la realidad que viví cuando volví – nos confesó Amanda.

En este aspecto, Amanda y Andrés parecían comprenderse con las miradas. Ambos habían viajado y vivido largas temporadas fuera de su lugar de origen. Yo era la primera vez que me iba tan lejos y pasaba tantos días fuera. Hasta ahora, sólo había realizado viajes por placer y con una duración de no más de una semana.

Amanda puso un ejemplo que me hizo pensar posteriormente. Nos dijo que cuando llegas a un lugar desconocido, es como pelar una cebolla. Primero te encuentras una capa gruesa que no te deja ver con claridad el núcleo y el origen de esa cultura que tienes que descubrir. Con el tiempo, vas quitando esas capas que te van acercando y enraizando a dicha cultura. Las sustancias volátiles que desprende la cebolla nos hacen llorar, hay personas que son más sensibles a esos gases que otras. Aquí se podría diferenciar entre las personas que están instauradas en la nostalgia permanente de lo vivido en el pasado y que no les deja avanzar hacia el presente y las que aún añorando su pasado quieren seguir quitando capas y descubrir que también esas lágrimas pueden llegar a ser de alegría.

Yo no sé si sería capaz de aventurarme como Andrés y Amanda y dejar todo para vivir nuevas experiencias fuera de Madrid. Lo que sí es verdad, es que aunque siempre haya tenido ganas de vivir fuera, ahora llevaba prácticamente tres día fuera de mi casa y aunque estaba entretenida y estaba disfrutando mucho, tenía un sentimiento de no pertenencia, ¡aquí no me conoce nadie! A pesar de estar con gente, sentía como la soledad se adueñaba de mí. El no saber a quién pedir ayuda si me pasara algo, me angustiaba. Creo que hay que ser muy valiente o estar un poco loco para aventurarse y cambiar tu vida así como así. Pero tanto, Andrés como Amanda, me parecía unas personas muy centradas y como si estuvieran hechos de otra pasta. No sé muy bien cómo explicarlo.

Andrés cogió las riendas de lo que quedaba de día, viendo que ya no le iba a dar tiempo de poder hacer las primeras fotos al fondo submarino de aquella isla. Decidió avisar a la expedición de buceo y retrasarlo para el día siguiente.

Sin darnos cuenta nos habíamos alejado más de lo que pensábamos de nuestro punto de partida. No hay mal que por bien no venga. Habíamos conocido a Amanda y nos había trasladado con sus historias a tiempos lejanos donde esas tierras eran más hostiles y donde los abusos de poder eran constantes. Jamás entenderé esas ansias de poder y de sentirse superior a otros para estar mejor con uno mismo.

Andrés que en todo momento le había visto muy comedido. Repentinamente, aprecié que ese tema le hacía vibrar por dentro. Su rostro cambiaba cada vez que aportaba su opinión al discurso que Amanda nos iba deleitando. Aparentaba ser un chico muy calmado pero el tema de las injusticias sociales parecía ser su punto gatillo.

Contó como en su estancia en Alemania hacía ya 5 años, tuvo la oportunidad de convivir con una familia judía. La matriarca de la familia en reiteradas ocasiones le había contado las atrocidades que sus antepasados no muy lejanos, habían vivido en la época que todos conocemos. Andrés comentó que a partir de ese momento, se interesó más y busco bibliografía sobre ese tema. Indagó los por qué de estas situaciones, y comenzó a fotografiar los resquicios y restos de las señales que habían dejado esas guerras y luchas de supremacía.

Su tarea en Alemania en un principio era otra, pero al final se las apañó para convencer a sus jefes que le dirigían desde España, para poder indagar en el tema y recabar más información.

Andrés se le ve que es un chico con ideas fijas y que consigue lo que se propone.

Tras la disertación que nos dio Andrés del asunto, le pregunté:

-       ¿Qué conclusiones has sacado de todo lo que has comentado?

Le vi dudar unos momentos.

-       ¿A nivel profesional o personal?, me respondió Andrés.

Evidentemente, a mí me interesaba más el tema profesional pero me generaba más intriga saber a nivel personal qué conclusiones había sacado. Fue muy contundente y conciso.

-       Hay dos tipos de personas, las que disfrutan haciendo felices a los demás y eso a su vez revierte en su propia felicidad, y los que se pasan la vida boicoteando a los demás para sentirse ellos más felices. Sin darse cuenta que somos seres sociales y que la felicidad no es una cosa exclusiva que está solo en cada persona, sino que necesitamos del conjunto para llegar a ese estado de bienestar común. Las clases sociales son grupos de personas donde su diferencia radica en que unos trabajan y crean riquezas, mientras otros se apropian de esa riqueza sin trabajar explotando a otros.

Cada vez que Andrés soltaba estas parrafadas, yo me quedaba callada porque no sabía que rebatir, me hacía reflexionar y habitualmente no estaba acostumbrada a tratar temas tan trascendentales con mis amistades. En una palabra, me dejaba CAO.

Dejamos a Amanda en su casa de vuelta y le dijimos que contactaríamos otro día con ella para poder aprovecharnos de sus conocimientos.

Curiosamente, tenían un móvil para todos los aldeanos, nos facilitó el número para poder contactar con ella. Yo pensaba que en aquel lugar remoto la cobertura no llegaría, pero estaba equivocada. Tenían un móvil por elección conjunta de los aldeanos, porque querían tener un medio de contacto por si fuera necesario para situaciones de emergencia principalmente, pero todos lo que allí vivían tenían la concepción de que aquel lugar era un sitio de descanso y respiro. No querían enturbiar esa paz con cosas innecesarias y superfluas.

Ya me gustaría a mí desconectar de vez en cuando del móvil y que nadie supiera de mí. ¡Estoy atada a él!, por si me llama mi familia, por si me llaman del trabajo, ¡lo uso para todo!, para ver los correos, para poner la alarma, para leer las noticias, para seguir el facebook y ver qué vida tan maravillosa demuestran tener todos mis conocidos. Lo reconozco, estoy atada a él. No he pasado más de dos días sin estar pendiente del móvil desde que lo empecé a usar hace ya 8 años. Cada vez tengo más aplicaciones nuevas y más redes sociales a las que tengo que prestar atención, mantener y dedicar tiempo. Nosotros mismo nos imponemos necesidades donde no las necesitamos realmente. ¿Cuánto hacía que no desconectaba de todo? y dejaba mi mente en blanco, sin llenarme de tareas y de menesteres que lo que hacen es distraerte continuamente y alejarte de lo que verdaderamente te apetece hacer y hacia dónde te diriges.

En ocasiones experimento la sensación de estar dando bandazos, dejándome arrastrar por la corriente sin que yo lleve el timón de mi vida, metiendo actividades sin sentido en mi vida para llenar el tiempo, porque parece que así se aprovecha más. Y sinceramente, ¿qué necesidades tengo yo?, ¿qué quiero hacer en mi vida?, ¿hasta qué punto lo que hago es lo que quiero o lo que los demás esperan de mí?

Las personas de esta aldea parecían tener muy claro lo que les depara la vida y lo que quieren de ella, huían de las complejidades y las ataduras. En las urbes como Madrid el ritmo frenético hace que ir deprisa sea lo normalizado y el que busca un ritmo más calmado o se une al ritmo o se va a la a la periferia. En definitiva, en muchos casos o nos unimos a la mayoría o te sientes excluido. Las minorías asustan, no parece tan fuerte ese afán de pertenecer a un grupo cuando son menos los que piensan como tú. Dejamos a un lado los valores por no sentirnos diferente o por no sentirte excluido por la mayoría. Qué difícil es ser fiel a uno mismo.

De vuelta al hotel, noté que cada vez congeniábamos mejor Andrés y yo. Empezábamos a hablar en el mismo lenguaje, las experiencias de este tipo hacen que al vivir situaciones generadoras de cambio, las reestructuraciones cognitivas de cada persona sean el punto de unión y vehículo de conexión de ideas y actitudes.

Comenzaba a experimentar, lo que anteriormente había visto entre Amanda y Andrés, esa unión entre personas que sin conocerse de nada parecen estar en sintonía por las experiencias similares vividas previamente. Le estaba empezando a coger gustillo a eso de pasar fuera una temporada, eso de salir de casa y del calorcito hogareño, ¡no parecía tan malo!

Había sido una larga jornada, pero a pesar de ello, yo no me sentía cansada, quizás con más vitalidad de la que estaba acostumbrada a tener en Madrid. Después de un día largo de trabajo comiendo en la oficina, yendo al gimnasio, organizando mi pequeño apartamento, a veces esas jornadas también eran maratonianas pero las sensaciones eran muy diferentes.

 CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA…

Elena Antón

Psicóloga

nº col. AN09547

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